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Tratamiento y calidad: del agua bruta al medio receptor (I); De medir la calidad del agua a anticiparla.

En la sala TERRANOVA del Spain Smart Water Summit 2026, Andreu Fargas, jefe de Innovación, Tecnología y Energías del Consorci d'Aigües de Tarragona, explicó cómo un operador que capta el agua al final del río está pasando de analizar muestras puntuales a predecir la calidad desde la captación hasta el último punto de la red.

Fargas empezó por una realidad incómoda: el Consorci toma el agua al final del río, de modo que potabiliza en buena parte el agua que llega de las depuradoras. Por eso la legislación repercute directamente en lo que entregan. El agua, dijo, es un alimento vivo que cambia con la temperatura, los minerales, las sequías y los cambios en las depuradoras, y dentro de 15 años probablemente no se parecerá a la actual. A ello se suma su propia operación, con una red de unos 400 kilómetros y una potabilizadora en un extremo, donde los tratamientos, los reactivos y el tiempo de residencia —que puede llegar a unos diez días— condicionan lo que llega al usuario.

Fuente: Rafa Aparicio. iAgua

Para ilustrar el reto mostró la evolución del cloro en un punto. Las muestras legales cumplen siempre, y la media está por encima de 0,2, pero el mínimo diario baja a veces de ese valor. La calidad, concluyó, es mucho más compleja de lo que se ha querido creer: las analíticas son puntuales, la información está dispersa y la calidad y la operación apenas se hablan. Y cuando el problema ya está en la red, puede persistir días y es muy difícil salir de él.

La palanca fue el PERTE de digitalización. Se desplegaron más de 400 sensores, se mejoraron 145 instalaciones y se integraron más de 700 señales nuevas. De ellos, 123 sensores son de calidad, repartidos en 43 instalaciones, con casi 300 parámetros medidos, entre ellos radiactividad, fluorescencia y el potencial de formación de subproductos de la desinfección. En la captación, hoy se mide por separado el agua de los dos canales del Ebro, que son abiertos y recorren muchos kilómetros, y se han integrado los datos de calidad de la cuenca para alimentar modelos predictivos. La idea es saber qué agua viene y atacar el problema antes de tenerlo en casa.

El primer gemelo digital es el de la planta potabilizadora. Integra todos los procesos, las medidas en línea y hasta los resultados del laboratorio, lo que permite optimizar las consignas, calcular cómo dosificar según la calidad de entrada y simular qué ocurrirá si, por ejemplo, sube la turbidez, y con qué margen de actuación. Sirve también para prever los efectos si el cambio climático empeora el agua de entrada.

El segundo es el gemelo de distribución. Con solo unos 45 puntos de medida en unos 400 kilómetros, combinan el modelo hidráulico, el de calidad, los datos de los sensores y la planificación de operación a 24 horas. Así ven cómo evolucionarán los parámetros —hoy sobre todo el cloro— tramo a tramo, y pueden dar una alarma anticipada, por ejemplo, en tramos donde apenas circula agua. El gran reto es mejorar la desinfección, manteniendo el residuo necesario sin generar subproductos. Con la predicción a 24 horas, ajustar la consigna de cloro deja de ser intuición.

Fargas admitió que están en modo ayuda a la decisión: los gemelos proponen al operador qué hacer y se valida que acierten, para generar la confianza que permita cerrar el control automático. Dejando aprendizajes como apostar por la sensórica, creer en los gemelos digitales y en la inteligencia artificial, y recordar que medir dice cómo está el agua, pero anticipar permite protegerla y entregar la mejor posible.

Un tramo de red con poco cloro ya no tiene por qué ser una sorpresa, sino una simulación a 24 horas. Quizá la calidad del agua no dependa solo de lo que medimos, sino de cuánto antes aprendemos a leerlo.

 
Ana María Gómez Salgado