Proyectos internacionales de ciudades esponja
En la sala TERRANOVA del Spain Smart Water Summit 2026, Almudena Barona, directora asociada y Water Business Leader de Arup, presentó tres casos de soluciones basadas en la naturaleza para ganar resiliencia climática, dos de los cuales ya fueron ejecutados —en Inglaterra y China— y uno en preparación para Madrid.
Barona explicó primero el concepto: planificar la ciudad para que retenga e infiltre la mayor cantidad posible de agua de lluvia y, donde no se pueda, la acumule y la reutilice. El primer ejemplo fue Mansfield, una ciudad inglesa de unos 110.000 habitantes con inundaciones muy frecuentes. Sus redes son unitarias, por lo que desbordaban cuando llovía, y no había espacio para ampliar la infraestructura. Se optó por un programa de resiliencia climática a escala de toda la cuenca, algo que la ponente calificó de valiente.

Fuente: iAgua
El trabajo tuvo dos niveles. A escala macro, una herramienta propia analiza imágenes satelitales, topografía y permeabilidad, y devuelve mapas de usos del suelo que indican dónde se puede infiltrar o implantar una solución basada en la naturaleza. A escala micro, en cada microcuenca se definieron arbolado lineal, jardines urbanos con especies autóctonas, zonas bajas donde acumular agua sin molestar a nadie y pavimentos nuevos que son retículas de hormigón con césped o adoquines en aparcamientos públicos. El proyecto es ya una realidad: se diseñó entre 2021 y principios de 2023 y terminó de ejecutarse el año pasado.
Los resultados se miden con un panel. A finales del año pasado se habían capturado 58.000 metros cúbicos de agua superficial. Los beneficios van más allá de las inundaciones, dijo: ríos menos contaminados, aire más limpio, cerca de 400 empleos para mantener la infraestructura natural y más biodiversidad. Con un coste de 90 millones de libras se obtuvieron beneficios de casi 300 millones, así que hacer una ciudad esponja resulta rentable.
El segundo caso fue Shanghái, con unos 30 millones de habitantes frente a los 10 de hace tres décadas. Al triplicarse la población, se triplicó casi la superficie impermeable y, con ella, la escorrentía, las inundaciones y la contaminación. La solución supone cambiar de mentalidad y no solo ampliar redes, plantas y tanques de tormentas, sino lograr un balance azul, verde y gris. La misma herramienta, que analiza dos hectáreas por segundo, permitió abarcar una ciudad así. Además de los beneficios de Mansfield, aquí se añadió uno clave: reducir el efecto isla de calor en una ciudad de veranos muy húmedos y calurosos.
El tercer caso es Madrid, donde Arup desarrolla el plan estratégico de la ciudad, una figura superior al Plan General de Ordenación Urbana, con tres ejes: vivienda, transformación urbana y sostenibilidad. Dentro de ella, el ciclo del agua tiene un objetivo claro: no gastar más agua fresca de la actual y reutilizar y regenerar mucho más. El consumo doméstico ha bajado de 140 litros por habitante al día en 2008-2009 a unos 120, y la meta es llegar a 90. En el sureste se prevén unas 110.000 viviendas, que consumirían unos 14,5 hectómetros cúbicos. Regenerar agua de lluvia y residual ahorraría un 25 % y los dispositivos de bajo consumo un 10 % más, es decir, un 35 %, lo que permitiría atender un 50 % más de viviendas con la misma agua.
Para lograrlo, el plan introduce un factor azul, que mide la proporción de agua potable frente a otros recursos, y un factor de esponjosidad, que define cómo se gestiona la lluvia en origen, cuánta se infiltra, se reutiliza o va a redes separativas. Cuanto mejor se cumplan, más plusvalías para el promotor (no se exigirá lo mismo al casco histórico que a los nuevos desarrollos). El plan se entregará en 2027 y le seguirán planes regulatorios y ejecutivos.
Una ciudad esponja no pide más tuberías, sino mejor memoria del terreno. Quizá lo que enseñan Mansfield y Shanghái a Madrid no sea cuánta agua cabe en el suelo, sino cuánta decisión cabe en un plan.
Ana María Gómez Salgado